Este fenómeno afecta el portafolio marcario de las aseguradoras, pone en riesgo la confianza del consumidor financiero y compromete la estabilidad del sistema financiero. El daño es doble: las aseguradoras legítimas sufren la dilución de sus marcas y la desviación de clientela, mientras los consumidores son inducidos a contratar con operadores ilegales sin solvencia ni respaldo técnico. El patrón resulta especialmente dañino cuando el consumidor descubre el engaño solo al momento del siniestro.
La conducta típica consiste en la adopción, por operadores no autorizados, de signos que reproducen total o parcialmente elementos de marcas registradas, usados en sitios web, redes sociales y material publicitario para captar clientes ofreciendo coberturas ficticias o captando mal llamadas primas sin capacidad de atender siniestros.
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